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domingo, 23 de octubre de 2011

Bendita cena








Sus manos nerviosas se recortaban sobre el blanco del mantel mientras buscaba la palabra exacta, jugueteando con la punta de la servilleta y con unos ojos que parecían querer evitarme. Hablaba deprisa, desgranando vivencias, sin prejuicios, como hablan los niños que se saben inocentes, con la frente muy alta y la estima intacta. Se sabía atendida en su dilema y a ratos entre sorbo y pausa, la admiraba a escondidas, la amaba a hurtadillas. ¿Como evitar desear aquellos besos?, ¿como no querer comer de aquella boca? Conocía bien cada línea de su rostro, largamente estudiado, la comisura de sus labios, la mueca en sus mejillas, el vaivén de sus cejas; pero ansiaba tanto el tacto de su cuello, el secreto aroma de su pelo, mis dedos resbalando entre las telas y el contorno de su pecho abriéndose a mis manos. Entre el sopor de la cena y la soledad de un secreto solo esperaba ser el dueño alguna vez del calor de su cintura...



lunes, 14 de marzo de 2011

Una fan, Mick y su ego





Era imposible intentar no seguir el ritmo de sus caderas, la cadencial dejadez de unos movimientos estudiados, perfectamente calculados tras cientos de conciertos y desde la primera fila de alocadas fans mis ojos ansiaban descansar en sus pupilas, dejarse llevar por el frenesí de sus balbuceos. Hacía muchos minutos que no conseguía oír el febril sonido, la música se había evaporado ante la imagen del dios del rock, ante la figura de aquél que parecía un hombre, felino, pero hombre al fin y al cabo y que sin embargo era capaz de provocar en mí un orgasmo con solo una sutil y morbosa mirada. Corría de un lado al otro del escenario, completamente solo, o quizás solo podía verle a él, sin darse tregua, salvo para enviarme de nuevo otra de aquellas miradas y de nuevo volvía a brotar en mi la lascivia, el incontenible deseo de tocarme, de aliviar aquel fuego que ardía en mi interior, ya no sabía, no podía y tampoco quería controlar mis orgasmos públicos y uno tras otro me fueron abandonando, mientras me miraba una y otra vez riéndose desde su púlpito, sabiéndose poderoso.





miércoles, 23 de febrero de 2011

Travesía





¿Su icono seguiría en blanco? Tantos días ya, empiezo a temerme lo peor y desde luego es imposible que nos lo hayamos dicho todo. Después de casi un año de chat continuo, de desgranar nuestras vidas, letra a letra, palabra a palabra, cada noche durante tantos meses es imposible que haya desaparecido de un día para otro. Es como si se la hubiese tragado la tierra. Esa misma tierra que me mantiene atado a este lugar, sin posibilidad de libertad, acotado por el inmenso azul, cercado en esta cárcel etérea de fértil tierra. ¿Cuantas cosas nos hemos contado en este tiempo? Hemos hablado de nuestras familias, nuestros jóvenes hijos ahora independientes abriendo camino a sus vidas no sin pocos sobresaltos, de nuestras respectivas ex, liberadas del pesado mármol de una relación condenada al fin desde el principio. De su eterno amor por ese Dios impalpable, intangible que no me atrevo casi a mencionar en su presencia (virtual se sobreentiende), del nostálgico amor por nuestro hogar, nuestra tierra, nuestra gente, del imperturbable amor por nuestros valores y nuestra educación de antaño, a la antigua, como entendían nuestros padres; y de amor a secas, ahh, el motor del mundo, o al menos de esa parte del mundo sin intereses económico-comerciales que tanto nos gusta apadrinar en nuestros ratos libres. Y como fueron coincidiendo nuestras vidas en tantas y tantas horas de conversación. ¿Quizás fuera posible que se hubieran agotado los temas y ante el árido panorama de una línea sin argumento ella hubiera optado por desaparecer cautelosamente entre los millones de internautas, sin una sola palabra de despedida, sin un simple “hasta siempre”? No, no era propio de ella. Aún así ya lo tenía todo decidido y gracias a aquellos generosos y valientes marinos franceses, a aquel matrimonio aventurero recién encontrado en mi querido puerto canario, mañana podría poner rumbo a sus brazos en aquel destartalado velero, rey de travesías sin igual que conseguiría alcanzarme en un santiamén al otro lado del Atlántico; bueno eso solo si esta noche su icono volvía a mantenerse en blanco por tercer día consecutivo, ¡¡que nervios!!.

domingo, 23 de enero de 2011

Maria






María era una cría.
Se levantaba cada mañana antes que el sol y desperezaba sus penas en la ruidosa cama de hierro que compartía con su hermana, afuera el gallo avisaba que los huevos esperaban calentitos sobre la paja, recién puestos y algunos de los baifos se empeñaban en competir a ver quien la despertaba antes. María guindaba algo de agua en el aljibe del patio, siempre con cuidado, sin hacer ruido, mientras veía de reojo el suave tintineo de una lámpara de aceite en el dormitorio de sus padres, dejaba algo del agua recogida en la palangana que siempre había a la puerta y se encaminaba con el resto de nuevo a su cuarto. Probablemente hacia un largo rato que su padre y sus hermanos habían salido de casa, se habían vestido en silencio, recogido el pobre almuerzo preparado por la madre y habían partido hacia la dura jornada, pero ella no los había oído, todo se hacia en silencio por la mañana, en tinieblas, sin voces ni estridencias. María volcaba el agua recogida sobre la palangana de su cuarto y se aseaba un poco, tampoco demasiado, no era ni domingo ni día de fiesta, y ella sabía bien que hoy solo la fábrica la esperaba. Ya vestida se reunía con su hermana y su madre en la oscura cocina, donde un profundo olor, a aceite quemado, a humo, a vino agrio, a queso rancio, lo llenaba todo. Allí tras engullir un poco de leche recién ordeñada por su hermana, con una yema, se encaminaba hacia la puerta, mientras anudando el pañuelo se cogían del brazo. -Adiós madre, algo del puerto? Eran sus primeras palabras en el día que suponía largo.
-Nada hija. Sonaba la voz ronca y curtida de su madre, envejecida tempranamente por una dura vida de trabajos y desvelos.
En cuanto salían al camino su semblante cambiaba, sus rostros se iluminaban y se podía ver claramente aquella hermosa chiquilla de solo trece años que apenas había ido a la escuela, caminando alegre, sus alpargatas parecían azotar la tierra del camino, risueña cogida del brazo de su hermana, mientras en su cabeza esperaba el momento de pasar junto a la salina. Tras un corto trayecto, se paraban junto al molino, allí esperaban un momento si no estaba ya su compañera, también María como ellas, y se iban las tres camino del puerto bordeando el largo muro de piedra seca. Ella de los Dolores, la mas María de los lanzaroteños, su hermana María de las Mercedes, la llamaban Mercedes y su amiga de la Concepción, Conchita, como el dulce membrillo, que olían en la tienda de Don Facundo. Y cogidas de la mano se encaminaban las tres Marias a su largo día de fábrica, mientras nuestra María dando saltitos intentaba adivinar sobre el muro de piedra la mirada de su Antonio, el hijo del salinero, un joven de casi veinte años y vivos ojos azules, con el que ni se le hubiera ocurrido hablar nunca, era demasiado mayor; pero que sabia bebía los vientos por ella, y por el que cada día salia ansiosa de casa, intentando que el corazón no se le saliera por la boca, y con el que como cada día se cruzaban, cuando menos lo esperaban. -Donde van las tres Marias, la del centro la mas …; les gritaba desde el muro, y hoy ella al centro esperaba sus palabras, pero solo hubo risas, ni una mirada atrás, ni un suspiro, solo prisas, como cada mañana. Un intenso y nauseabundo olor a sardina las recibía nada mas terminar la cuesta de la salina, desde allí ya se podían ver los palos de los barcos, y el astro sol empezaba a despuntar a sus espaldas, tiñendo el puerto y sus vencidos edificios de un ambarino color blanco. A lo lejos se veía gente moverse y el calor de la mañana y la larga caminata empezaba a desentumecer los huesos, y aunque hacia tiempo que no había quina en el desayuno seguían sintiendo aquel calorcillo que las llenaba y subía por sus mejillas, aquel frenesí por entrar a la fábrica y ganarse el jornal, y sentirse útiles, vivas, aunque sabían que al salir apenas les daría tiempo de ver de nuevo el sol, pero al otro lado de Arrecife, poniéndose tras los destartalados edificios de La Vega. María como otras mañanas vió alejarse lentamente el correo camino de Las Palmas, cuantas veces habían ido sus sueños en aquel barco, como se encaminaban a aquel mundo lejano del que llegaban noticias deslumbrantes, de vidas sin ayuno, de mesas repletas de plátanos, de tomates y de queso, de botellas de vino dulce, de papas extranjeras que se plantaban solas, y brotaban a los bordes de los caminos, de mujeres que se pintaban la cara para parecer mas nuevas, y salían a la calle solas, sin pañuelo, y se reían a cualquier hora; ella sabía que después de pasar el día limpiando sardinas jamás se reiría por las noches, dolía demasiado, salvo algún domingo que podía soñar con ver a su Antonio desde el vigilante regazo de su madre en una mañana de misa.Y en estos pensamientos se la encontró el agudo chillido de una sirena mientras cruzaba el umbral de entrada de la fábrica. María era una mujer, en un cuerpo de cría. 

A todas esas mujeres, hoy abuelas, que trabajaron lo indecible para darnos lo que hoy tenemos, y que jamás miraron sus propias manos...



jueves, 13 de enero de 2011

Ultima parada






Hacía ya varias semanas que los nervios me atenazaban cada mañana, siempre a la misma hora. Era aquel instante en el que subía al autobús, pasaba mi tarjeta sin levantar la cabeza y tímidamente miraba al fondo... si, allí estaba otra vez, como cada mañana, mirando a la calle de pie, junto a la barra. Se sujetaba con una sola mano y se dejaba llevar suavemente por el traqueteo del viaje, como un junco mecido por el viento, regalándome aquel suave movimiento. Pero hoy debía ser distinto, hoy estaba decidido, era un día especialmente tranquilo, el bus estaba prácticamente vacío, al fondo la mujer que me quitaba el sueño, su pelo rojizo, su aire de niña mala, la comisura de sus labios que tantas mañanas había estudiado, el contorno de su cintura y yo, a dos escasos metros. Me veía acercándome lentamente mientras la miraba, con una leve sonrisa en los labios, mi brazo se alzaba sobre sus hombros para coger la barra del techo y su cabeza quedaba prácticamente a la altura de mis hombros, solo su bolso se interponía entre nosotros; agachando lentamente la cabeza susurraba en su oído: - Me vuelves loco. Una leve sonrisa fue lo único que obtuve, claro ella no debía esperar una reacción tan decidida por mi parte, ahora la sorprendida seria ella, recogió su bolso y tirando de la bandolera lo paso hacia delante, mientras un sudor frío recorría todo mi cuerpo. En un leve bache pude rozar su ropa, apenas fue un instante pero despertó en mi el deseo de tocarla, sentir aquel cuerpo que no me dejaba pensar, ni comer, ni dormir, me dejaba caer un poco a su costado y en ese momento eché de menos el gentío de otras mañanas que podía obligarme a acercarme mas, pero no me importo, sin motivo aparente deje que nuestros cuerpos se sintieran, pude alcanzar su aroma, sentí en mi interior un dulce y embriagador néctar que llenaba mis pulmones a la vez que mis manos se tensaban y mis músculos no eran capaces de relajar el momento. Y se movió. Su pelo descansaba en mi cara, su hombro sobre mi pecho y aunque no podía ver su cara, la intuía con los ojos cerrados y mordiendo muy levemente su labio inferior, aquello me dejaba claro que nuestro deseo era mutuo y no pude evitar que mis manos, totalmente independientes de mi, sin esperar una racional orden, se fueran directas a su cintura, quedé a la deriva en aquella travesía, solo su cuerpo me sujetaba y ella cogió con fuerza la barra con ambas manos. Ya totalmente decidido la abrazaba con toda la sensualidad de que era capaz, ella de costado dejaba que una de sus piernas quedara entre las mías y lentamente con los ojos cerrados exploré aquel cuerpo de diosa que se estremecía entre mis brazos. Una fina camiseta de raso me dejó sentir el resalte de su ropa interior, quería averiguar solo con el tacto de mis manos el color de su sujetador, era negro, indudablemente, sentía las copas con un ligero relleno entre mis manos, ni muy pequeñas, ni muy grandes, casi redondas, perfectas, sentía como despertaba su pasión lentamente en mis abrazos y su pelo una y otra vez me llenaba de aquel aroma que lo envolvía todo. Sentía sus caderas en las mías y cada vez que su pierna se elevaba y su roce aumentaba un fuego abrasador subía desde mi entrepierna, recorría mi pecho incendiario y estallaba en mi garganta, aumentando hasta lo imposible mi deseo por aquel cuerpo, no podía terminar aquel instante. De repente un frenazo repentino hizo que abriera de nuevo los ojos y con frío pánico pude ver el contorno del edificio de mi facultad. Era mi parada y ella seguía allí. A dos metros de mi, mientras la realidad volvía a sorprenderme y me aseguraba que hoy tampoco seria distinto. Bajé a la calle y le dediqué una mirada a través del cristal, mientras ella distraída con sus auriculares se alejaba y en mi pensamiento solo quedaba su silueta, bueno eso y como sería capaz de disimular y entrar a clase en aquel estado.

 

miércoles, 12 de enero de 2011

La esposa del embajador






Tenía el aire de una princesa de cuento, de esos de final feliz, quizás por eso se me antojaba inalcanzable mientras me sonreía desde su pedestal de “erase una vez”. Un elegante vestido negro la envolvía, como un deseado regalo en su  papel dorado y unos zapatos de tacón de aguja acentuaban aun mas su esbelta figura. El pelo negro, recogido, la mirada limpia, una sonrisa y una discreta pulsera de oro como únicos adornos. Nadie era capaz de distraer la vista de aquel rostro. Por un instante cruzó su mirada conmigo mientras daba un corto sorbo a su copa, de golpe el hielo se deslizó e hizo caer el dorado liquido sobre su mentón, ocasión aprovechada para ofrecerle mi pañuelo. Era la mujer del embajador, solía asistir a aquellas fiestas de clase alta, ya la había visto en otras ocasiones y el Hilton de París era un marco incomparable para su elegante presencia. Charlamos durante unos minutos y su agudeza me hizo temblar en más de una ocasión, las palabras se agolpaban en mi garganta negándose a salir y el vello erizado de mis brazos daba prueba del duro trance por el que pasaba. No podía creer que aquella hermosa criatura pudiera tener el mas mínimo interés en mi persona, pero entonces, ocurrió el milagro. Pude notar como deslizaba en el bolsillo de mi smoking un objeto que antes jugueteaba entre sus dedos, la llave de la habitación 303 y un poderoso escalofrío vino a recordarme que mis dotes de seductor eran tan inexistentes como fácilmente rebatidas entre el panorama femenino. Sin poder apartar la vista del rítmico contoneo de sus caderas cruzó el amplio salón, a la vez que todo un ejército de ojos vidriosos la seguía mientras se encaminaba a los ascensores y tras unos segundos de prudente ventaja, me fui tras ella. No sabía si el ascensor me recogería esa misma noche, así que decidí afrontar las tres plantas de escaleras con decisión, decisión que por cierto empezó a fallarme a mitad del segundo piso pero que fue suficiente para plantarme frente a la puerta 303. Con autentico pánico a que todo fuera una simple broma, giré la llave y “voilá”, la puerta cedió y me vi dentro de la suite.
Lo que ocurrió en aquella habitación en las siguientes horas probablemente no pueda ser escrito por esta temblorosa mano en muchos años, pero si que ella, justo antes de salir de la habitación se volvió con los zapatos en la mano mientras me dedicaba una pícara sonrisa y que en ese preciso momento supe que amaría a aquella mujer el resto de mi vida y cada día un poco mas, ya incluso antes de regocijarme sabiendo que era la esposa del embajador, y yo, el afortunado embajador.

 

lunes, 27 de diciembre de 2010

La Toalla






Pude verla por la rendija de la puerta entreabierta, la luz del interior hacía que brillara, como si estuviera recubierta de un precioso metal y las gotas de agua corrían inquietas buscando el suave tacto de su piel. Mientras, se entretenía recorriendo con una toalla de rizo de algodón el contorno de sus caderas, los muslos y luego las piernas, se agachaba despreocupadamente, y una leve sonrisa vestía su hermoso rostro. Sabía que no debía mirarla así, a escondidas, robando sus mas íntimos secretos sin que ella lo supiera, pero aquella visión conseguía hechizarme, intentaba apartar la mirada pero volvía a buscar su cuerpo desnudo, perfecto. Entonces pude retroceder unos pasos, volver a la puerta y con un ligero carraspeo le advertí de mi presencia.

-¿Quien anda ahí? -su voz era tan dulce como su imagen.
-Soy yo, perdona la hora, quedamos hace rato pero me han entretenido unos asuntos, si te viene mal me voy.
-No importa, espera un poco, estoy en la ducha. -lo sabia.


Y entonces la vi aparecer, llevaba la toalla anudada bajo las axilas y el pelo aun escurría agua visiblemente, mientras, cogía una traba con la boca e intentaba reunir un buen moño sobre su cabeza, con los brazos en alto. Que fuerzas hice para que cayera aquella toalla; pero no, el nudo permaneció en su sitio y ella con cara extrañada me preguntó.

-¿Como has entrado?
-La puerta estaba abierta, toqué, pero nadie contestó. -le dije.
-Vaya, pues podía haber entrado cualquiera. Me seco el pelo, me pongo algo y enseguida estoy contigo, ponte cómodo. -que sutil.

Y volvió a desaparecer tras la puerta, tras ella voló aquel aroma a agua fresca que la acompañaba y la tentación de seguirla fue muy fuerte, pero me contuve. Entonces empezó a hablarme y yo me acerqué para escucharla mejor y de nuevo, pude verla. En la pared del dormitorio un espejo me devolvía su imagen mientras en el interior del baño se secaba el pelo con la misma toalla que antes la vestía, allí estaba, totalmente desnuda, mientras se inclinaba hacia delante tras soltar el pelo para separarlo y agitarlo entre los pliegues de la toalla. No sé cuantos minutos la miré, quedé completamente hechizado y no pude reaccionar hasta que vi sus ojos clavados en los míos, mirándome fijamente con la toalla sobre el pecho.

-esto no es digno de ti, te parece bonito espiarme así...

Y avanzó hacia mi, pude ver como cruzaba todo el dormitorio gracias al espejo y como se paraba tras la misma puerta en la que yo estaba, solo una delgada pieza de madera nos separaba, podía oír su aliento acelerado y podía oír mi propia respiración, mientras la miraba de reojo.

-Será mejor que te vayas. -Me dijo.
-Si, lo entiendo, pero no te quedes con esta imagen de mí. No quería molestarte, es solo que no consigo apartar tu cuerpo de mi mente. Ansío el día en que pueda tocarte, recorrer tu piel con mis dedos seria el mayor de los placeres para mi, poder besar esos labios, recorrer cada poro de tu piel, cada centímetro, conocer como a mis propias manos tus secretos mas profundos,...Lo siento, me voy.
-Espera, sigue hablando, no sabia que sintieras eso por mi, nunca has dicho nada. -susurró.
-Soy prisionero de mi propia imaginación, sueño con tus labios en los míos, mis manos arrancando lentamente tu ropa, mi boca perdida entre tu pecho, me quedo sin aliento mientras mis dedos viajan entre tus piernas, buscando tus caderas, tus nalgas, y beso tu vientre de mujer, mientras tu calor me descubre que tu sientes lo mismo por mi...

Podía ver en el espejo como su tono cambiaba, enrojecía por momentos y con los ojos cerrados y las manos apretadas sobre la toalla hacia resaltar aun mas los hermosos pechos, su respiración seguía acelerada y con voz entrecortada me dijo:

-Sigue, ¿que mas sientes?
-Siento como no puedo dejar pasar un día mas sin amarte, sin rodearte con mis brazos, te alzo sobre mis caderas y con mis manos en tus nalgas te hago dueña de mi ser, entrando entre tus muslos mientras tus senos acarician mis sentidos, tu latir y el mio se hacen uno...

Al otro lado de la puerta pude ver como sus manos se deslizaban bajo la toalla, el rostro alzado al techo pero con los ojos cerrados, la respiración cada vez mas acelerada, podía notar el leve movimiento de sus dedos bajo el rizo blanco de algodón, como el calor encendía su cuerpo y como sus piernas intentando no perder la compostura se esforzaban en no moverse demasiado rápido, una contra otra, mientras yo la miraba podía imaginar la suavidad de aquella piel, el olor de aquel pelo aún húmedo que rozaba sobre sus hombros y volví a ver como caía a sus pies la toalla blanca mientras con un rápido movimiento la puerta se cerraba a mis espaldas...




jueves, 23 de diciembre de 2010

Mi último viaje






La Voz De Galicia
Veintiocho de Febrero de 1.994.
La siniestralidad laboral se cobra una nueva víctima. Ayer, veintisiete de Febrero, un operario de la empresa contratada para la renovación de la fachada de la Iglesia de San Vicente se precipitó desde un andamio a casi quince metros de altura. Eusebio Ponce de cuarenta y tres años fue ingresado con un cuadro de parálisis total y coma profundo tras golpearse fuertemente la base del cráneo, y aunque no se teme por su vida, los médicos dudan de su posible recuperación. Tiene esposa y una hija y se espera en los próximos días aclarar todas las circunstancias que rodean al luctuoso suceso.”

Cada día, cuando ella entraba estaba tumbado, mirando a la puerta fijamente, las enfermeras me solían dejar ligeramente incorporado y podía ver llegar a Angela y observar su primera expresión al cruzar la puerta, llena de esperanza; esperanza que solo duraba un segundo cuando al mirarme notaba que mis pupilas no la seguían.

-Hola, papá. -Reconocí la voz de mi esposa.

No contesté, solo aquella leve sonrisa interior que me embargaba al ver el rostro endurecido por el dolor de mi compañera de fatigas.
Muchas veces la había recibido ya en aquella misma situación, pero hoy era diferente; la mañana más gris, el aire más frío, las enfermeras más distantes, parecían no querer aspirar aquel extraño vaho que llenaba la habitación, y sin embargo seguían hacendosas atendiendo sus quehaceres diarios. Ya me habían ayudado con mis necesidades mas urgentes y me habían aseado, cuando ella llegó a la habitación; solo el doctor parecía retrasarse hoy en su rutina de certificar mi existencia un día mas. Quizá por eso hoy era diferente.
Mientras; ella, seguía trasteando en el pequeño aseo contiguo a la habitación, y allí seguiría durante muchos minutos. Ya había notado lo mucho que le costaba iniciar una conversación, cada mañana, por trivial que fuese, y como perdíamos el tiempo cruzando miradas hasta que decidía romper el hielo con cualquier tontería.

- Recuerdas a Teresa. La hija del portero del edificio de enfrente. Vino alguna vez a casa a jugar con tu hija. Por lo visto se ha marchado de casa con un medio novio que tiene.

No, la verdad es que no recordaba a Teresa ni al portero de enfrente, pero sí que me acordaba de mi hija.

- Si tu hija hiciera algo así no sé si lo aguantaría. Imagínate, me quedaría sola, por completo. No quiero ni pensarlo. Gracias a dios tu hija es muy responsable para su edad. Que orgulloso estarías.

Esta tarde sería mejor que no viniera la niña, no me encuentro muy bien.

- Ella hará que te sientas mejor, ya verás que bien cuando venga. ¡Que tonterías digo!

Me costaba demasiado esfuerzo seguirla en sus diatribas cada vez, así que intente lanzar una mirada dura en señal de rechazo, creo que demasiado dura esta vez, pues solo obtuve su silencio. Bueno, al menos hoy la niña no tendrá que venir. Hombre, por fin el doctor, ya era hora de que apareciese.

- Hola, Angela, como se encuentra hoy. – Preguntó mientras hojeaba unos papeles al pie de mi cama.

- Imagínese – Y un torrente de lágrimas inundó la cara de mi esposa.

Que aún no me he muerto, mujer. Si al menos pudiera mover las piernas bajaría de esta maldita cama y volvería a rodearte con mis brazos. Eso seguro que te consolaría y hasta creo que seria capaz de hacerte reír de nuevo. La verdad es que hace demasiado tiempo que no oigo tu risa. Esa si sería una gran terapia para salir de una vez de este hospital.

-Ya lo hemos hablado muchas veces, Angela –dijo el doctor – Es con seguridad lo mejor para todos. Sé que le costará mucho hacerse a la idea pero tenemos psicólogos que la ayudarán a superarlo. Doce años es mucho tiempo.

-Lo sé. –asintió ella.

Cada vez que coincidía con el doctor parecía envejecer tres o cuatro años de golpe. Desde luego mi enfermedad no estaba pasando desapercibida en la cara de Angela. Cada dolor que yo sentía, cada día de tratamiento, cada noche de insomnio quedaban grabados en su rostro como si fuera la última beneficiaria de mi sufrimiento. Sin embargo hoy, como ya he dicho, era diferente. Su mirada tenía además un halo de resignación, como aquella virgen de la iglesia del pueblo que tanto me gustaba mirar de pequeño. Veía el descanso en el fondo de sus ojos, muy al fondo, oculto por un sin fin de lágrimas que seguía intentando parar sin éxito. Y yo sin poder levantarme. Pero escúchame mujer, si esto en un par de días más se me pasa. Tenia que parar aquella inundación como fuera, tantas veces me había consolado, se lo debía.

-No se preocupe de nada. -Dijo el doctor- Tengo que ir a prepararlo todo, intente relajarse.

Pero esta vez hasta el doctor parecía nervioso. Además yo por primera vez podía sentir aquel latir en mi interior, podía distinguir claramente el rítmico sonido de un tic tac que retumbaba en mi pecho, subía por mi garganta y tocaba mi mandíbula hasta fundirse suavemente en mis oídos; y siempre había estado ahí, pero era la primera vez que lo oía. Dios, que tenia diferente aquel día, porque notaba cosas que antes no sentía, y por que estaban todos tan distantes, allí enfrente, mirando y hablando entre ellos, como si yo no estuviese allí y no pudiera oírles. Y por que Angela no paraba de llorar. Y mi hija también estaba, pero ahora era una hermosa mujer a la que ya no conocía. Mejor así, pensé.
Podía oír al doctor junto a mi, manipulando algo junto a mi cama, mientras Angela no podía contener las lágrimas, y aquel silencio, mientras sentía como se adormecía todo mi cuerpo y una sensación de placidez llenaba toda la estancia, ¿y por que todo el mundo permanecía tan serio mientras trasteaban entre los muchos aparatos que me rodeaban? Empezaba a notar como se cerraban mis ojos y una paz infinita me envolvía, creo que hoy dormiré bien, como un bebe, pensé, y antes de dormir, en el centro de una tenue luz ambarina pude entrever la figura de Angela que se despedía de mi con lágrimas en los ojos; no, no quiero dormir ahora, no quiero dormir...

-Adiós amor, adiós, mi vida.



miércoles, 24 de noviembre de 2010

Cuento de Navidad




El niño mantenía pegada su roja naricilla al frío cristal, mientras intentaba con una descosida manga quitar el vaho de su propia respiración, a veces podía ver los relucientes ojos negros pintados de un caballito de madera que parecían mirarle, que bonito era, sus alegres colores le llevaban a lejanas aventuras cabalgando sobre su grupa mientras desvalidas damiselas cantaban su nombre. De vez en cuando el suave restallar de una campanilla le traía de vuelta al mundo y podía ver como los niños entraban de la mano de sus madres en la fantástica tienda, miraban los juguetes con aire de desagrado, paseaban junto a ellos, mientras curiosamente ninguno reparaba en su increíble caballo, había sido creado para él, pensó; cuando las manos de su madre rodearon su desnudo cuello y en el frío de la tarde volvió a recordar el crudo invierno, -ven cariño, cogerás frío, acercate a mi, anda, que ahí no me ayudas en nada- y le llevó consigo al otro lado de la calle, se sentaron junto al hatillo de ropa descolorida y al plato oxidado, donde unas pocas monedas certificaban la caridad que nos embarga cada navidad. -Hoy es Nochebuena y cenaremos algo calentito- pero él solo tenia ojos para su caballito de madera que aún desde lejos le seguía con la mirada. 



domingo, 31 de octubre de 2010

¿Difuntos o Hallowen?






Son solo recuerdos de niñez.
Recuerdo aquel olor a claveles que llenaba toda la casa, y los nervios de la mañana, como nos vestíamos de domingo y salíamos a la calle llena, gente y flores. Recuerdo las largas colas en los puestos del cementerio o en las floristerías de siempre que veían como llegaba su agosto en otoño.En los cementerios llenos la gente se esmeraba en sacar lustre a las tumbas de sus seres queridos, las conversaciones sobre este o aquel pariente y a cuantos conocí allí.

Uno de esos días supe de la tía Hortensia que había emigrado a Cuba de joven y a la cual no conocí, aunque volvió a canarias, aún joven, apenas llegaba a los cincuenta, para morir solo seis meses después de su llegada. Mi abuela siempre decía que su hermana vino a morir a casa pero yo nunca entendí quién había avisado a la buena mujer de su cercano final.Y del niño de la tía Angelita, que se había ido con solo tres meses, subió al cielo el niño..., ponía en su lápida, no hubiera tenido ni idea de ese primito mio. 
Recuerdo que ese día recordábamos a nuestra gente, a los que ya no estaban con nosotros, y sobre todo recuerdo que lo hacíamos juntos, en familia, no en la triste soledad del que ha perdido a un ser querido, y lo crean o no, eso lo hacía mas llevadero, se hablaba de ellos, se contaban anécdotas, como la del tío Roberto, “el negro”, que hasta después de muerto era puñetero el tío, se cayo su ataúd cuando lo subían al nicho y se desclavo casi todo, les llevo mas de una hora terminar de colocarlo.Lo mas curioso es que era un día (y no una noche) alegre, no se permitía estar triste, aunque todo estaba impregnado de un cierto aire de melancolía.
No digo que estén mal los disfraces, las golosinas, el truco-trato o las fiestas de madrugada llenas de calabazas, pero yo recuerdo la mesa de casa llena de dulces hechos por mi madre, la botella de Clipper, las historias que me contaba mi abuela y los ramos de claveles.
Pero como dije, eso son solo recuerdos de niñez.






miércoles, 28 de julio de 2010

Ella y la luna




No parecía una persona normal, andaba por la calle como si se levantase unos centímetros del suelo y cuando saltaba de aquel viejo camión oxidado notabas en el aire un rumor a envidia. Ni la brisa, ni el viento, ni siquiera el enorme sol podían dejar de mirarla y se esmeraban en rodearla y jugar con su pelo, intentaban atraer su atención, uno brillando mas, se hinchaba y sacaba pecho, el viento soplando y haciendo cabriolas a su lado y la pobre brisa que solo susurraba cuan desgraciada era. 
Pero ella ni los veía. Solo quería días grises. 
De vez en cuando su risa apagaba el mundo, las voces dejaban de sonar, el mar paraba sus olas y quieto esperaba, acercaba brazos de espuma a la orilla y regalaba en la arena sus mejores galas, corales de vivos colores y cristales robados al fondo, de barcos antiguos traía tesoros olvidados y se los ofrecía. 
Pero ella no venia. No, el mar tampoco la tenia. 
Dicen que un día un hombre por fin pudo alcanzarla, pudo con miel llenar sus labios, probar el dulce sabor de sus besos y ver como su cara resplandecía, una sonrisa plena y ella entregó el calor de su cuerpo desnudo en la noche de una playa solitaria. 
Dicen que aquel día, la luna se puso roja de envidia.


Eroti...que?





Era Mayo, un día gris y frío, y sin embargo un sofocante calor ascendía por mis piernas, se metía en mi estómago y estallaba y secaba mi garganta, sin poder respirar, las palabras salían de mi boca sin pensarlas mientras ella me miraba con media sonrisa, esperando una respuesta. Los dos sabíamos lo que iba a suceder, pero no era la primera vez que lo intentábamos, sabia que si seguía hablando no podría parar y todo volvería a empezar, así que; -habrá que ponerse, pensé, y entonces me lancé.
Rodeé su cuello con mi mano, justo en la nuca, donde nace el pelo, y la acerqué suavemente hacia mi mientras podía ver como sus ojos se cerraban y sus labios cada vez mas cerca, brillando con un dulce tono rosa, se unían a los míos. Nuestras lenguas jugaron un rato, mientras, solo podía pensar en el dulce sabor de aquel momento, el vello se erizo en todo mi cuerpo y mi mano busco su hombro, perfectamente redondo, para ir bajando lentamente por el brazo, las puntas de mis dedos rozaban su piel suave, como de melocotón, y buscaron ávidas el principio de unos senos que intuía perfectos, parecían perderse como los tesoros que siempre busqué, y pude recrearme, tantearlos lentamente, solo las puntas de mis dedos en sus pezones, o acogerlos en mi mano con dulzura. Mientras, mi boca bajó hasta su cuello y un aroma de mujer llenó mis pulmones mientras soñaba despierto con el paraíso mas deseado para cualquier mortal.
Un ángel entre mis brazos..., rodeaba su cintura y buscaba sus muslos, las nalgas, y hasta las rodillas, mi boca bajaba y subía entre sus pechos y el cuello y podía notar como su respiración se aceleraba mientras susurraba; -no, noo, estate quieto, pero sus ojos cerrados me decían otra cosa, mis manos dentro de su pantalón, evitaban el encaje de la ropa íntima y buscaban el calor de unos labios ardientes, enseguida la humedad de su sexo abrió el camino a mis dedos y pudieron recorrer el interior de su vulva, suavemente, arriba y abajo, mientras me dejaba caer, lentamente sobre ella.
Al recostarse quedó aún mas expuesta, abrió los ojos y sonrió, pude besarla, morder suavemente su labio inferior, mientras me sonreía, pícara, sabiéndose deseada, hermosa, y muy mujer, con una mano enredada en su pelo y otra entre sus piernas pensé que aquel podía ser un gran día, y volví a perder mi boca entre sus pechos, lamerlos, mordisquear suave, o un poco mas fuerte, y mis dedos jugueteando con su clítoris, pequeño, escondido, parecía no querer ofrecerse, y un nuevo; - nooo, estate quieto, nooo, pero mas suave, demasiado suave para ser cierto; incorporándome un poco pude bajar el pantalón y descubrir un hermoso paisaje ante mis ojos, el vientre como una desierta playa de fina arena dorada, aquellos muslos formados por las manos de algún artista divino, las piernas, eternas y hasta sus pies, finamente labrados, con las dos manos en su cintura la acerqué a mí y pude sentir el cálido terciopelo de aquel cuerpo hermoso, que susurraba y sonreía, mientras el universo se paraba a nuestros pies.
Decidí explorar aquel nuevo mundo, y deslicé lentamente mi lengua, primero sus pechos, luego el vientre, el pequeño ombligo vino a mi encuentro, y aquellas caderas firmes pero delicadas, la boca se me secaba, parecía no poder soportar el ardiente tacto de su piel y tuve que aliviar mi sed en la fuente de sus adentros. Delicado, como se abre una flor en un prado, su vulva quedó en mis labios mientras mi lengua se llenaba de licores nunca probados, mis manos buscaban su pecho, y encontraron su boca, abierta, pidiendo, ahora creo que si, que siguiera, que secara aquella fuente de mieles y néctar, y mientras lo saboreaba ya no podía soportar la presión de mis pantalones y me decidí a entrar; entonces me sorprendió, se incorporó de un salto mientras me dejaba abajo y se colocó sobre mí en cuclillas. Agilmente acerco su sexo y el mio, como pueden buscarse el agua y la tierra seca, y dejó que su peso hiciera el resto, descendió lentamente sobre mí, fundiendonos en uno, y pude ver su torso desnudo que se estremecía mientras volvía a subir, primero muy despacio, fue repitiendo estos movimientos, la cabeza a un lado y a otro, y un débil gemido empezó a llenar la habitación. El calor subía por momentos, los cristales se empañaron, un poco mas rápido, movía su cuerpo arriba y abajo, y mas rápido, y a la vez aumentaban los gemidos que llenaban mis oídos; - sii, ahora si, sigueeeee..., no se cuanto pudo durar aquel momento, más y más fuerte, mis manos rodeando su pecho, su cintura, mi boca saboreando sus pezones redondos que me invitaban a perderme en aquellas nubes de azúcar, más y más rápido.
El placer era ya incontenible, saltaron todos los cierres, quitamos todos los peros y fuimos libres, durante un instante el mundo dejó de girar, en medio de la habitación pude ver el mas hermoso amanecer mientras el éxtasis estallaba en su interior, y un gemido largo, cansado, pero muy deseado, nos trajo de nuevo a la tierra, nos miramos y nuestros cuerpos sudorosos se abrazaron, buscándose, sin pensarlo.
Mientras, acariciaba su espalda húmeda, su nuca, sus brazos, apoyé mi cabeza en su hombro, justo antes de que un hondo suspiro decidiera abandonarme para siempre.


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