domingo, 23 de enero de 2011

Maria






María era una cría.
Se levantaba cada mañana antes que el sol y desperezaba sus penas en la ruidosa cama de hierro que compartía con su hermana, afuera el gallo avisaba que los huevos esperaban calentitos sobre la paja, recién puestos y algunos de los baifos se empeñaban en competir a ver quien la despertaba antes. María guindaba algo de agua en el aljibe del patio, siempre con cuidado, sin hacer ruido, mientras veía de reojo el suave tintineo de una lámpara de aceite en el dormitorio de sus padres, dejaba algo del agua recogida en la palangana que siempre había a la puerta y se encaminaba con el resto de nuevo a su cuarto. Probablemente hacia un largo rato que su padre y sus hermanos habían salido de casa, se habían vestido en silencio, recogido el pobre almuerzo preparado por la madre y habían partido hacia la dura jornada, pero ella no los había oído, todo se hacia en silencio por la mañana, en tinieblas, sin voces ni estridencias. María volcaba el agua recogida sobre la palangana de su cuarto y se aseaba un poco, tampoco demasiado, no era ni domingo ni día de fiesta, y ella sabía bien que hoy solo la fábrica la esperaba. Ya vestida se reunía con su hermana y su madre en la oscura cocina, donde un profundo olor, a aceite quemado, a humo, a vino agrio, a queso rancio, lo llenaba todo. Allí tras engullir un poco de leche recién ordeñada por su hermana, con una yema, se encaminaba hacia la puerta, mientras anudando el pañuelo se cogían del brazo. -Adiós madre, algo del puerto? Eran sus primeras palabras en el día que suponía largo.
-Nada hija. Sonaba la voz ronca y curtida de su madre, envejecida tempranamente por una dura vida de trabajos y desvelos.
En cuanto salían al camino su semblante cambiaba, sus rostros se iluminaban y se podía ver claramente aquella hermosa chiquilla de solo trece años que apenas había ido a la escuela, caminando alegre, sus alpargatas parecían azotar la tierra del camino, risueña cogida del brazo de su hermana, mientras en su cabeza esperaba el momento de pasar junto a la salina. Tras un corto trayecto, se paraban junto al molino, allí esperaban un momento si no estaba ya su compañera, también María como ellas, y se iban las tres camino del puerto bordeando el largo muro de piedra seca. Ella de los Dolores, la mas María de los lanzaroteños, su hermana María de las Mercedes, la llamaban Mercedes y su amiga de la Concepción, Conchita, como el dulce membrillo, que olían en la tienda de Don Facundo. Y cogidas de la mano se encaminaban las tres Marias a su largo día de fábrica, mientras nuestra María dando saltitos intentaba adivinar sobre el muro de piedra la mirada de su Antonio, el hijo del salinero, un joven de casi veinte años y vivos ojos azules, con el que ni se le hubiera ocurrido hablar nunca, era demasiado mayor; pero que sabia bebía los vientos por ella, y por el que cada día salia ansiosa de casa, intentando que el corazón no se le saliera por la boca, y con el que como cada día se cruzaban, cuando menos lo esperaban. -Donde van las tres Marias, la del centro la mas …; les gritaba desde el muro, y hoy ella al centro esperaba sus palabras, pero solo hubo risas, ni una mirada atrás, ni un suspiro, solo prisas, como cada mañana. Un intenso y nauseabundo olor a sardina las recibía nada mas terminar la cuesta de la salina, desde allí ya se podían ver los palos de los barcos, y el astro sol empezaba a despuntar a sus espaldas, tiñendo el puerto y sus vencidos edificios de un ambarino color blanco. A lo lejos se veía gente moverse y el calor de la mañana y la larga caminata empezaba a desentumecer los huesos, y aunque hacia tiempo que no había quina en el desayuno seguían sintiendo aquel calorcillo que las llenaba y subía por sus mejillas, aquel frenesí por entrar a la fábrica y ganarse el jornal, y sentirse útiles, vivas, aunque sabían que al salir apenas les daría tiempo de ver de nuevo el sol, pero al otro lado de Arrecife, poniéndose tras los destartalados edificios de La Vega. María como otras mañanas vió alejarse lentamente el correo camino de Las Palmas, cuantas veces habían ido sus sueños en aquel barco, como se encaminaban a aquel mundo lejano del que llegaban noticias deslumbrantes, de vidas sin ayuno, de mesas repletas de plátanos, de tomates y de queso, de botellas de vino dulce, de papas extranjeras que se plantaban solas, y brotaban a los bordes de los caminos, de mujeres que se pintaban la cara para parecer mas nuevas, y salían a la calle solas, sin pañuelo, y se reían a cualquier hora; ella sabía que después de pasar el día limpiando sardinas jamás se reiría por las noches, dolía demasiado, salvo algún domingo que podía soñar con ver a su Antonio desde el vigilante regazo de su madre en una mañana de misa.Y en estos pensamientos se la encontró el agudo chillido de una sirena mientras cruzaba el umbral de entrada de la fábrica. María era una mujer, en un cuerpo de cría. 

A todas esas mujeres, hoy abuelas, que trabajaron lo indecible para darnos lo que hoy tenemos, y que jamás miraron sus propias manos...



3 comentarios:

Keko Menta dijo...

A todas esas mujeres, hoy abuelas, que trabajaron lo indecible para darnos lo que hoy tenemos, y que jamás miraron sus propias manos...

Anónimo dijo...

En nombre de esas mujeres...gracia.... me gusta el nuevo diseño...un saludo,
espero que sigas escribiendo, me encanta leer lo que escribes.T.A

alejandra dijo...

Me ha gustado mucho el relato, me ha parecido sentir algo de añoranza a otro tiempo...
A mi, me parece particular que nuestro pasado sea muy similar al presente en otras tierras...

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